Desde muy joven, la remembranza que tuviera Lope de Vega de las Indias no podía ser demasiado buena, pues sufrió en sus carnes aquella «iglesia de los alzados» en la que se había convertido el Nuevo Mundo. A la muerte de sus padres, un acreedor de la familia liquidó el exiguo patrimonio y huyó a América con el dinero. Ya, en la vejez, el poeta madrileño lo recordaba con algo de resentimiento desde las páginas de su autobiografía literaria:
FERNANDO Murieron mis padres, y un solicitador de su hacienda cobró la que pudo y pasose a Indias, dejándome pobre; que siempre fui desdichado en las Indias; pues como otros traen dellas hacienda, me llevaron allá la mía.
De todos modos, según Hamilton no todo fueron malas experiencias, pues al parecer Lope recibió una donación por parte del obispo de Puerto Rico como ‘compensación’. Verdad o no el robo de la herencia, parece ser cierta su desconfianza hacia el nuevo horizonte americano, como era la tendencia generalizada en amplios sectores de la población, que observaban con recelo todo lo que procediera de más allá de sus fronteras cotidianas:
Y aunque las noticias sobre las riquezas y el exotismo de las Indias y el Oriente desataban la fantasía de muchos -y algunos, incluso, se decidían a emigrar en busca de nuevas formas de vida y nuevas oportunidades-, para la mayoría, anclada en el angosto marco de su geografía vital, contaban antes que nada los espacios conocidos.
En el caso de nuestro poeta, aún mancebo, que en aquellos años comenzaba su carrera profesional para la escena, el encontronazo con la realidad americana no terminó con el insidioso ejecutor de la herencia familiar. Su gran amor de juventud, la actriz Elena Osorio, le abandona por don Francisco Perrenot, un pretendiente más rico, influyente y poderoso, sobrino del cardenal Granvela, que había hecho fortuna en el Nuevo Mundo. Aquél que fuera inmortalizado como don Bela en las páginas de La Dorotea (1632) era un indiano de sangre ilustre, no mucho mayor que él (por más que el poeta madrileño se empeñara en lo contrario), cuyo dinero logró lo que aquel apasionado amante jamás hubiera concebido: arrebatarle a Elena; y es que en aquella ocasión el enemigo que le presentaba batalla era más que fuerte, irresistible, «Iamque nocens ferrum ferroque nocentius aurum / prodierat»:
Yo he sabido que un caballero indiano bebe los vientos desde que la vio en los toros las fiestas pasadas, que estaba en un balcón vecino al suyo. Y sé yo a quién ha dicho, que me lo dijo a mí, que le daría una cadena de mil escudos con una joya, y otros mil para su plato, y le adornaría la casa de una rica tapicería de Londres, y le daría más dos esclavas mulatas, conserveras y laboreras, que las puede tener el rey en su palacio. Es hombre de hasta treinta y siete años poco más o menos, que unas pocas de canas que tiene son de los trabajos de la mar, que luego se le quitarán con los aires de la corte; y yo vi el otro día un rétulo en una calle que decía: “Aquí se vende el agua para las canas”. Tiene linda presencia, alegre de ojos, dientes blancos, que lucen con el bigote negro como sarta de perlas en terciopelo liso; muy entendido, despejado y gracioso; y, finalmente, hombre de disculpa, y no mocitos cansados, que se llevan la flor de la harina y dejan una mujer en el puro salvado, que ya entendéis para lo que será buena.
Las consecuencias de la ruptura, el desdén y el rechazo de Elena son bien conocidas. Después de un proceso judicial por unos libelos escritos por Lope y esparcidos por los cuatro rincones de la villa y corte, el poeta madrileño tuvo que afrontar la pena de destierro lleno de hiel, tristeza y resentimiento hacia la mujer que había sido señora absoluta de sus pensamientos. Y todo por el oro de un rico indiano.
¿Qué efectos pudo tener aquel desengaño en la opinión de Lope hacia las Indias? Quizás sea una meta demasiado ambiciosa, pues la psicología del poeta es por naturaleza fingida, huidiza y oscura, por lo que es difícil separar la realidad de la ficción, incluso cuando nos cuenta la verdad:
O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
que chega a fingir que é dor
a dor que deveras sente.
Todavía más, si cabe, en un escritor que nunca pisó el Nuevo Mundo y que jamás mostró el menor interés por cruzar el océano Atlántico. Lope nunca participó del sueño de la magna empresa americana. Las Indias representaban un nuevo horizonte para grupos sociales sin futuro como hidalgos segundones o mercaderes desclasados, que vieron en el Nuevo Mundo una fuente de inspiración para la forja de su propio destino. Pues si América alimentaba las ambiciones de los españoles, también mantenía vivos sus sueños. Y como afirmó el hispanista John H. Elliot: «Quizá los sueños fueron siempre más importantes que las realidades en la relación del Viejo Mundo con el Nuevo». Ajeno a todo aquello, Lope escribe desde la barrera, con la frialdad del observador desinteresado y sin la pasión con la que se enfrentaba a otros asuntos, aunque tampoco es cierto que no haya una especificidad del hecho americano en su Comedia Nueva:
En su conjunto, el teatro indiano de Lope no es en forma alguna ni lo mejor ni lo más representativo suyo. Pertenece al ciclo histórico, pero apenas admite comparación con las comedias que escribió sobre la historia medieval de España.
(fragmento de Julián González-Barrera, Un viaje de ida y vuelta: América en las comedias del primer Lope (1562-1598), Murcia, Universidad de Alicante, 2008, pp. 24-28).
-Julián González-Barrera, Ph.D.
