A walk through the Spanish Golden Age

La Emperatriz Isabel (y III)

In Español, Historia on 15 Marzo 2009 at 17:11

A pesar de tantos contratiempos, la Emperatriz demostró ser una regente capaz, diligente y carismática, que supo llevar el gobierno con una fina, sutil y mansa diplomacia que conseguía salvar cada escollo en el camino, como demostraría, por ejemplo, con los hijos de Francisco I, rehenes en España. Por aquel entonces, nacería su tercer hijo, Fernando, que moriría apenas cumplido medio año. El dolor de la pérdida la postra en la cama de nuevo por unas fiebres malignas, que preocupaban a toda la corte. Sin duda, la ausencia de su marido y el precario estado de salud del príncipe Felipe no ayudaban a la recuperación de doña Isabel. Así le informaba el embajador húngaro al rey don Fernando, hermano del Emperador:

Y vine a la emperatriz, la cual hallé no bien dispuesta, porque ha tenido algunas tercianas, y creo que proceden sus males de la pérdida del señor Infante -que Dios tiene en su gloria- y de alguna indisposición que el príncipe tiene, y la principal de la ausencia de S. M.

Al poco, estalla el conflicto entre el Papado y Enrique VIII por las pretensiones de éste último de que se anulara su matrimonio con Catalina de Aragón. Un asunto harto delicado desde un punto de vista teológico, que vino a complicarse aún más por la defensa a ultranza que hizo la Corona española de los derechos legítimos de la tía carnal del Emperador. A la ofensiva académica inglesa, llena de dictámenes, pareceres e informes doctos, le sucedió una contraofensiva española organizada por la misma doña Isabel, que pidió el auxilio de los más insignes letrados, canonistas y catedráticos de sus reinos. La demanda de amparo fue respondida de inmediato, multiplicándose los alegatos en pro de la validez del matrimonio discutido ante la Santa Sede. Incluso el ilustre Francisco de Vitoria, padre del derecho internacional, que por aquel entonces estaba en lo más alto de su gloria académica, leyó en Salamanca una lección magistral en defensa de Catalina de Aragón ante un nutrido público procedente de toda Europa. Intervención que el propio padre dominico dejaría bien claro que pronunciaba como obsequio a la Emperatriz.

Felipe II (1527-1598)

En mayo de 1531, por consejo médico, abandona la corte imperial de Toledo para pasar el verano en Ávila, donde es recibida con tantas muestras de alegría,que doña Isabel se ve obligada a apearse de su litera y acercarse a la multitud de la mano de sus dos pequeños hijos, Felipe y María, que respondían sonrientes a las aclamaciones. De nuevo, la Emperatriz dejó impresionados a sus súbditos, que no dejaron de agasajarla durante los cuatro meses que duró su estancia. Durante todo aquel tiempo, doña Isabel participó de manera activa en la vida religiosa de la ciudad, visitando conventos, compartiendo trabajos y amadrinando novicias. Por este motivo, no es temerario pensar que tuvo que conocer o al menos ver de cerca a una jovencita de dieciséis años, enclaustrada en el convento de agustinas de Nuestra Señora de Gracia que pasaría a la posterioridad como Santa Teresa de Jesús.

Por aquel entonces, la Emperatriz tiene que lidiar con algunos nobles díscolos que se casan sin el consentimiento del monarca, como mandaban las leyes de la época. Entre estos escándalos está el famoso matrimonio secreto del sobrino de Garcilaso de la Vega, que le costaría al ilustre poeta la pena de destierro. En 1532, Solimán el Magnífico abandona Constantinopla al frente de un poderosísimo ejército y se lanza a la conquista de Europa, aplazando sine die el regreso del Emperador a España. Endeudado y sin el apoyo de Francia -que había pactado en secreto con la Sublime Puerta- e Inglaterra, dolida con España a raíz del cisma anglicano, Carlos V urge a su esposa a que busque más dinero para llevar a cabo la campaña militar. A pesar de que buena parte de la historiografía ningunea su papel ejercido como regente, doña Isabel no sólo consigue la ayuda económica de su rico hermano, el rey de Portugal, sino que obtiene tales ventajas de las Cortes de Segovia -que ella mismo presidió en persona-, que su marido le escribe para mostrar su contento:

Asimismo he holgado de que las Cortes se hayan tan bien concluido y otorgado el servicio. No esperaba menos de esos reinos, así por haber vos, señora, tenídolas y ser la causa para que se pedía tan justa.

Aquel mismo año la Emperatriz aprovecha para viajar a Tordesillas y visitar a su suegra, la reina Juana, conocida como “La Loca”, y así presentarle a sus nietos. La visita fue de lo más cordial, quedando la Reina Madre contentísima, especialmente por haber conocido a los pequeños. Incluso la dulzura en el trato de la Emperatriz consigue que se mude de ropa, durmiese en una cama y comiese algo más que pan y queso, que era su alimento ordinario.

En 1533, Carlos anuncia su regreso a casa, algo que sin duda tuvo que llenar de alegría a la Emperatriz, que corre a Barcelona a recibirlo. Camino de Zaragoza, vuelve a demostrar su don de gentes al ser solicitada por un grupo de campesinos baturros, que se acercaban para mostrarle su alegría por verla en tierras aragonesas. La Emperatriz no sólo manda detener la comitiva, sino que se apea de la litera para que le besen la mano los labriegos principales. A su entrada en la capital maña, los zaragozanos también se rinden a la hermosura de la Emperatriz, al dejar escrito sobre el arco levantado para aquella ocasión la siguiente redondilla:

Con muy mayor merecer
es llamado vencedor
nuestro Carlo Emperador,
pues os pudo a vos vencer.

La felicidad del encuentro en Barcelona después de cuatro largos años no duró mucho. Necesitado de más dinero para sus empresas militares, el Emperador convoca Cortes aragonesas en Monzón, dejando a su mujer e hijos en la ciudad condal mientras se prepara un alojamiento adecuado. No bien llegó Carlos V a Monzón cuando enfermó la Emperatriz de paludismo, que le provocó unas altas fiebres. Nada más conocer la noticia, el Emperador abandona Monzón, aun a riesgo de que las Cortes se anularan sin su presencia, y marcha por la posta hasta Barcelona, haciendo el viaje más rápido que se registra en aquella época pues tardó sólo veinticuatro horas en recorrer 234 kilómetros (Monzón – Barcelona). Finalmente, doña Isabel consigue recuperarse a los pocos días. Su marido no se separaría de su lado hasta encontrarla totalmente restablecida.

Sobre la educación de sus hijos, y en particular del príncipe, la Emperatriz se esforzó por darles una formación religiosa desde edad muy temprana, como cuando juntaba las manitas del futuro Felipe II para la oración. El joven príncipe no fue un niño problemático, aunque no exento de alguna travesura que le costó algún cachete de su augusta madre. Sin embargo, a pesar de que disfrutó poco de su madre, pues moriría cuando tenía sólo 12 años, su infancia fue plácida bajo la tutela de doña Isabel. Incluso es conocida la afición que conservaba ya algo mayorcito de dormir en el regazo de la falda de su madre cuando viajaban en litera por España. Por aquellos años debió de comenzar su amistad infantil con uno de los meninos, el célebre Ruy Gómez de Silva, nieto del médico de la Emperatriz.

El 24 de junio de 1535 nacería la infanta Juana, que se acabaría casando con el príncipe portugués don Juan Manuel, su primo hermano. A finales de año, el príncipe Luis Filiberto de Saboya, sobrino carnal de los emperadores, muere de un extraño dolor en un costado que le lleva a la tumba con sólo doce años. Recibía don Luis las lecciones del mismo tutor que su primo don Felipe, con el marqués de Lombay aprendía a montar a caballo y con Juan de Zúñiga, ayo del príncipe, se adiestraba en torneos y lanzas. Había sido enviado por sus padres para que fuera educado a la manera española, como era la moda europea, y ahora la Emperatriz se veía en el duro trance de comunicar su muerte a sus padres.

De nuevo, Carlos V había abandonado España para atender los asuntos imperiales, pero en diciembre de 1536 regresaba deseoso de encontrarse de nuevo con su familia, como así le confesaba por carta a su hermano don Fernando. En esta ocasión, se reúne con la Emperatriz y sus hijos en Tordesillas, pues pasaban unos días con la Reina Madre. Nada más llegar cae en el pueblo una nevada tan grande, que por unos días se queda el Emperador atrapado en Tordesillas. Algo que sin duda tuvo que agradecer su familia. En octubre de 1537 nacería su segundo hijo varón, Juan, pero la criatura no viviría un año. Por aquel entonces debió de transcurrir la anécdota que se cuenta sobre la Emperatriz, que a pesar de su carácter reservado, modesto y retraído, sabía manejar también la ironía de manera discreta. Entre los que fueron un día a visitarla al palacio de los condes de Melito, se encontraba el duque de Nájera, joven, rico, elegante y seguido de numerosos criados, todos vestidos con ricas libreas. Tan grandioso tuvo que ser aquel espectáculo de lujo, derroche y fastuosidad, que al verle la Emperatriz se volvió rápidamente a sus damas, diciéndoles: “El duque más viene a que le veamos que a vernos”. Su frágil salud parecía mejorar en Toledo, acompañada de su marido.

A finales de abril de 1539 da a luz a un niño muerto. Al poco se le presentaron unas fiebres puerperales que la postergan en la cama. El 30 de abril se le comunica al Emperador que su mujer no sobreviviría a la noche. Haciendo honor a su tratamiento, hace testamento y se despide de su marido y sus hijos con la mayor de las serenidades, pidiendo ser amortajada por su querida amiga, la marquesa de Lombay. Finalmente, el 1 de mayo de aquel 1539 fallece la Emperatriz y Reina doña Isabel de Portugal. La noticia fue devastadora para el reino. Las muestras de dolor se suceden en el pueblo, la corte y, por supuesto, su familia. Como años más tarde haría la guardia alemana de Carlos V, los alabarderos de la Emperatriz arrojan sus armas al suelo y se desgarran las libreas para dar a entender que nunca jamás servirán a otro señor. El Emperador, que no se había separado de su lecho durante su enfermedad, no pude resistir el dolor y se encierra en su cámara sin recibir visitas y trasladándose luego al monasterio de la Sisla, en donde estuvo recluido hasta el 27 de junio, dejando a su hijo de sólo doce años a cargo del funeral y el entierro de su madre. A su memoria fue siempre fiel, pues Carlos V nunca más contrajo matrimonio, a pesar de las costumbres de la época y de que sólo tenía un hijo varón para asegurarse la descendencia. Tuvo algún escarceo amoroso, todo sea dicho, como aquel que dio nacimiento a don Juan de Austria, pero siempre rechazó cualquier plan político de segundas nupcias.

"Francisco de Borja y Aragón ante el férretro de Isabel de Portugal", José Moreno Carbonero

El cortejo fúnebre presidido por el futuro Felipe II marcha hacia Granada entre espantosas muestras de dolor. A su paso, las villas, aldeas y ciudades se vacían para ver pasar el ataúd de su Majestad Imperial. Las campanas tocan a muerto en los cuatro rincones de España. Al llegar a Granada, como parte de la ceremonia, se abre el féretro para comprobar que el cuerpo que se iba a enterrar era el de doña Isabel. Cuenta la tradición que al abrir la caja y ver el rostro horriblemente descompuesto de la mujer que había sido considerada como “La Cuarta Gracia”, su caballerizo mayor, el marqués de Lombay, pronunció aquella inmortal frase: “Nunca más servir a señor que se me pueda morir”. El Marqués cambió la vida cortesana por la religiosa, ingresando a la muerte de su esposa en los jesuitas, llegando a ser su tercer general. Su nombre en el santoral es bien conocido: San Francisco Borja.

-Julián González-Barrera, Ph.D.

  1. Señor Barrera no sabe cuan feliz me hacen los artículos que con tanta maestria escribe.

  2. Sus crónicas han sido para mí un grato descubrimiento, muchas gracias señor Barrera.

  3. Muchas gracias, Juliana. Te agradezco infinidad tus palabras. Espero que encuentres más crónicas de tu gusto.

  4. Olá,

    I’m a portuguese student (doing a Master in Modern History), my thesis is about La Emperatriz Isabel de Portugal and I was very excited to find this excelent article. Muchas gracias por su excelent trabajo !!!